Consideraciones sobre la postmodernidad.

 

Consideraciones sobre la postmodernidad. Carlos Luis Torres G.
En: La Postmodernidad  o el peligroso espacio de percolación de lo banal.
Carlos Luis Torres G.

Si se considera a la modernidad como una cultura de la crisis, las vanguardias (principios del siglo XX) son hijas de esas crisis. En los dos estadios de las posguerras, estás, las vanguardias, fueros deglutidas y maquilladas como instrumentos de la institucionalización hasta quedar convertidas en divertimento. Las vanguardias ya no produjeron rabia, ni indignación, ni sorpresa, ni asombro, ni miedo. Por el contrario, su presencia fue necesaria para que el establecimiento construyera un simulacro de rebeldía y la burguesía renovada se mantuviera en el poder.

A partir de los sesenta, vivimos otro desencanto: El desencanto del mito moderno sobre la historia (Vattimo), la desesperanza y el desengañamiento expuestos múltiples veces por E. Ciorán, la muerte de dios, la certeza de que ya nada depende de nosotros, la repetición a que se llega con la acción, la derrota absoluta del proyecto global o lo sublime de lo estético... y la inexistencia del éxito.

Este desencanto, terreno abonado para lo postmoderno, permite el tránsito sin mayor esfuerzo. Pero la postmodernidad no es un término de relajamiento intelectual, ni de indiferencia absoluta, es un estadio de incredulidad extrema, de mínima emoción ante el éxito, de búsquedas, no con las herramientas de las vanguardias de ayer, sino con movimientos casi imperceptibles, pues el mundo aparenta estar estático: ¿o estamos en continuo movimiento?

 4.2    ¿Hemos llegado al final de la crítica? ¿o ésta quedó atrapada en su lecho de rocas? Para Fredic Jameson, el problema de la crítica no consiste en establecer adecuadas categorías de lectura de las obras literarias; ni siquiera, en extender la operación crítica a los ámbitos culturales con los que se articula lo literario, sino en acercar la crítica a la acción social: la promoción de un significado de la cultura que supere el de la crónica de los suplementos dominicales o el propuesto desde los institutos gubernamentales.
A nuestro modo de ver ante esta “encrucijada” deberíamos asignarle el valor de creadores a los críticos, para que transcurran la misma ruta de los escritores ante un público esquivo cada vez más. Preferimos pensar en una crítica de lectura individual e interpretación en el silencio, que en la masificación, de cualquier tipo y romance que éste sea. Ahora que la ficción y la crítica están integradas en el texto postmoderno como una estrategia metaficcional, los críticos requieren de la utilización de las categorías propuestas que les permitan, desde la “otra esquina”, confundir aún más el lenguaje de los dos textos, sin pretensión alguna mayor que la necesidad de expresión.

 4.3   A decir de C. Fajardo, en esta época postmoderna: “las tecnologías habitan construyendo una cierta estética cibercultural; la crisis del concepto clásico de estilo y de género, y su cambio por el de hibridación multimedíatica del arte; la fragmentación de la realidad y de los proyectos motrices de la modernidad; la imposición de microproyectos relativos y aceptados; la individualización en masa y el espectáculo, el simulacro estético y la banalización de la cultura. Vivimos en la época del lenguaje posmoderno problemático y sin resistencia. El arte actual, por tanto, no tiene lo llamado por los vanguardistas “voluntad de estilo”. La esfera artística se centra más bien, siguiendo a Jameson, en una reproducción sistemática de los elementos artísticos del pasado, que lleva a un “no estilo” (Subirats) desinteresado en el futuro. El “no estilo” posmoderno es, sin embargo, un nuevo estilo artístico no homogéneo, sino múltiple y diverso que se basa en el eclecticismo de formas donde todo se acepta y vale, generando así un síntoma de “manierismo posmoderno” que para algunos (Baudrillard, Gardner, Jameson) encierra un símbolo de decadencia y de virtuosismo híbrido multimedíatico”.

 Lo anterior ha permitido que los antipostmodernistas cataloguen esta actitud como una manifestación epígona y decadente de los movimientos estéticos de la modernidad: “...ya que ni sus posturas críticas son lo suficientemente consistentes, ni sus soluciones formales pueden considerarse precisamente como innovadoras” (citado por C. Fajardo desde Subirats). La postmodernidad, según muchos de sus detractores, no ofrecería en su fragmentación las categorías capaces de organizar de nuevo el todo.

En nuestro concepto, el espacio posible para lo múltiple y lo diverso como base fundamental de lo postmoderno da la oportunidad para la confusión. Es decir, un lugar así, heterogéneo, de entrecruce de lenguajes, es una posibilidad plural que encierra obviamente la fortaleza de una nueva actitud de vanguardia, pero al mismo tiempo es posibilidad para la percolación de lo banal, de lo liviano, donde lo epidérmico sustituye fácilmente el centro, donde la vacancia dejada por la unión imposible de varias teorías es ocupada de forma desafortunada por la “palabreja”.

 A ésta posibilidad textual, que en apariencia algunos críticos o simples lectores de la postmodernidad catalogan equivocadamente como postmoderna, y otros, sus detractores, como el lugar débil y decadente de la actitud postmoderna, es a la que deben cerrarse esclusas para que la actitud postmoderna sea un discurso con el más alto grado de contenido semántico, con la mayor posibilidad de connotación, donde el entrecruce de lenguajes y de textos sea el producto del “hurto selectivo” en misma dirección de la interpretación de Mockus sobre la concepción postmoderna de Lyotard o el espacio para los “anfibios” textuales, ya sean estos creadores o lectores del horizonte vertiginoso de una modernidad más allá de la pasada.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

LECTURAS