Texto 1: EL BUFÓN
En el bufón se manifiestan las asnadas y las locuras que el común de las gentes disimula porque son incompatibles con la estructura de la persona. Al hacerse cargo de nuestra recóndita insensatez, a la cual no osamos dar expresión por el temor de quedar en ridículo, el bufón se convierte en una figura representativa. Su retribución consiste en el permiso de cantarnos impunemente cuatro verdades y dar palmetazos a los grandes. La libertad del bufón es un privilegio inseparable de su función social; no se le debe poner ninguna traba a fin de que pueda representar sin reticencia la locura del prójimo. En una sociedad bien ordenada, como lo fuera la del Medioevo, correspondía al cargo y a la dignidad del bufón el traje de carácter: el gorro con cascabeles y el jubón de losanges. Vestido así, se sienta a los pies del rey y, hallándose tan cerca de la persona del soberano, se destaca como representante, locum tenens.
El rey y el bufón, los dos extremos de la representación, forman pareja. Más aún. El bufón también es rey a su manera. Los niños lo saben: dondequiera que se asome el loco, corren en pos de él, un séquito ruidoso, cuyas burlas en el fondo son himnos cantados en loor de la realeza. He aquí un par de contrastes rodeados de misterio. Mutuamente se exigen los dos. El rey que en la representación recata su propio ser debe tener al lado al libérrimo personaje oriundo del paraíso de los locos, y sobre él proyecta la sombra de sus secretos delirios. El rey y el bufón son figuras idénticas, si bien invertidas como los reyes de naipes.
(Ernesto Volkening, “Dos figuras arquetípicas de la Edad Media,” en revista Eco, vol. 4, núm. 5, Bogotá, marzo de 1962.)
Texto 2: ELOGIO DE LA LOCURA
Pero aún hay más: los reyes y los grandes de la tierra son tan aficionados a mis protegidos, que los llevan a sus palacios, los tienen a su lado, los sientan a su mesa, pasean con ellos, y se sabe de muchos que los prefieren a sus consejeros y a los sabios que, por pura vanidad, mantienen en sus cortes. A nadie puede sorprender el motivo de esta preferencia, pues los sabios, engreídos y llenos de vanidad, no hablan a sus señores más que de cosas tristes y a veces hieren los oídos delicados con la dureza de sus verdades, mientras que los bufones, en cambio, procuran a quien los mantiene lo que el poderoso busca con especial afán: distracciones, risas, chanzas, buen humor.
Téngase además en cuenta que esos graciosos locos poseen una gran cualidad: no ocultan las verdades, son francos y sinceros. Alcibíades dice en el Banquete de Platón que sólo en el vino y en la infancia se encuentra la verdad; pero debió decir que también en la locura, pues mucho del aprecio que por ella se siente débeseme a mí. Es proverbial la afirmación de Eurípides, de que el loco sólo dice locuras. Pone el loco de acuerdo a sus labios, a sus ojos y a su corazón para decirla. En cambio, los sabios, según ha dicho el mismo Eurípides, tienen dos lenguas: con una dicen la verdad, con la otra dicen lo que les conviene. Y así vemos que hoy aseguran que es blanco lo que mañana afirman que es negro, con la misma boca soplan lo frío y lo caliente, y nunca se sabe si de verdad creen lo que dicen.
Realmente, a pesar de todos los lujos de que disfrutan, los príncipes me parecen en extremo infelices, porque están siempre rodeados de aduladores y nunca escuchan la verdad. Se me objetará que la aborrecen, que si huyen de los sabios es precisamente porque temen encontrarse con alguno que les diga con crudeza lo que tratan de ignorar. Es posible que sea así, que resulte peligroso decir las verdades ante los tronos; pero ved que ese peligro no existe para mis locos: a ellos se les permite decir las cosas más fuertes sin que nadie se escandalice, dándose el caso de que afirmaciones que, dichas por un sabio, llevarían a éste a la horca, pronunciadas por uno de mis protegidos hacen reír y son celebradas como una gracia.
(Erasmo de Róterdam, Elogio de la locura, México, Diana, 1952, pág. 63-64.)
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