El viaje, como podemos constatarlo en las primeras obras literarias de la humanidad, es un elemento que permite al ser humano la confrontación de su identidad con la de los “otros”; es un salir de “sí mismo” hacia mundos desconocidos. En la literatura encontramos un buen ejemplo en Ulises; este personaje se encuentra en medio de sus viajes con cíclopes y sirenas, que en cada caso representan lo monstruoso y lo bello; Ulises al verlos reconoce en ellos las características de sí mismo que debe vencer para construir la identidad de ese “Nadie”, palabra con la que él mismo se identifica. En cada estación de su viaje, tendrá que preguntarse con asombro por la tierra a la que ha llegado y descubrir qué hacer para salir de allí victorioso.
La situación de Odiseo nos hace pensar en Colón y en la mirada que pudo haber tenido al pisar tierras americanas, una mirada de asombro de la que quedó constancia en su Diario personal. Con sus palabras, Colón pretende ser un cronista objetivo que describe, no el testimonio de hazañas personales, sino el cumplimiento de un deber divino e histórico. Incluso su nombre “Cristóbal” parece un presagio de su misión, pues significa: “aquel que lleva a Cristo”. La mayor parte de su Diario está escrita en una “impersonal” tercera persona. Colón es una voz colectiva, por él habla toda la manera de entender el mundo de una moribunda Edad Media. Colón no ha descubierto ese yo capaz de someterse al libre examen de la conciencia y a la búsqueda de una responsabilidad individual. No tiene más que una oscura certidumbre del pecado y la desobediencia, pero en relación con Dios y su Majestad, no en relación consigo mismo. Para Colón, como para toda la España conquistadora, lo Otro sólo tiene un valor de uso, dominio y explotación. Lo Otro no es aquello que permite el reconocimiento del “yo” a través de la valoración de los “otros”, como en el caso de Ulises; por el contrario, “lo otro” representa la amenaza de lo distinto, que en este sentido genera el rechazo a lo “bárbaro”, es decir, de todas aquellas actitudes de los otros que no corresponden con la idea de civilización que maneja mi propio yo. De esta forma, frente a lo distinto, la actitud que se asume es la del “deber de civilizar”, de convertir al otro en lo que yo soy.
Otros cronistas de Indias respaldarán también con sus relatos fantásticos y subjetivos, el proyecto colonialista. Hay más de doscientos cronistas de Indias que han sobrevivido al tiempo, estos cronistas heredaron la tradición medieval judeo-cristiana que termina por imponerse en España a las incipientes luces del Renacimiento. Como eran espíritus religiosos y no científicos, frente a la amplia gama de fenómenos naturales que encontraron en América, incluyendo a la población nativa, cronistas y conquistadores no podían ver el fenómeno por lo que era, sino, a duras penas, como una proyección de sus prejuicios, intereses, miedos, fantasías y deseos.
Las sociedades indígenas americanas entraron en un proceso de formación que las separó de su propio mundo mítico-religioso, empezaron a vivir una vida prestada, subsidiada. El Nuevo Mundo entró en la historia violentamente, empezando por el desarraigo de los pueblos a la tierra que por siglos había sido su “Madre tierra” hasta convertirse solamente en un albergue para buscadores de oro o en ganancia territorial para unos hombres que montados a caballo mostraban su superioridad y defendían otros intereses.
Algunos autores defienden la idea de que hay una relación estrecha entre violencia, escritura y poder. La sabiduría popular traduce este concepto, diciendo simplemente: “la historia la escriben los poderosos”. Los cronistas de Indias, de alguna manera, cumplen con esa ambigua misión de posibilitar con la escritura la instauración de un nuevo poder. La escritura de las crónicas de Indias es a la vez inventario, registro y tergiversación, pero en todo caso es siempre ideología; la ideología del pueblo español que se sobrepuso a la visión mítica que era transmitida de forma oral en el mundo indígena. Lo anterior nos puede servir para una primera aproximación a la tristeza latinoamericana, de la manera en que este texto la entiende: tristeza de no haber escrito la propia historia, tristeza, sobre todo, de haberse dejado escribir en el cuerpo las marcas de la inferioridad que aún sobreviven.
De Pedro Adrián Zuluaga (Colombia) Periodista de la Universidad de Antioquia.
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